Queremos hacer la advertencia de que el lenguaje que se usa en este cuento, es exacto al usado por el personaje que se tomó como protagonista. Tal vez en algunos países no sean tomadas como falta de educación o de cultura, sino solo queremos aclarar que es la forma de ser de los habitantes del barrio en donde nació nuestro protagonista.

El Autor.

Débilmente iluminaban los primeros rayos del sol, los que chocar con los cristales de la caseta de cobro en la salida de la carretera hacia Querétaro; en ese momento ya pensaba en el motivo que me llevaba a San Juan del Río. Eran los primeros días del mes de enero de 2005; el motivo era pagar el impuesto predial de una propiedad adquirida solo para pasar los días de la vejes tranquila.

El trayecto que faltaba ya era corto y pasó sin ningún incidente que hacer notar. Llegué al hotel y al registrarme, solicité un taxi para realizar mis pendientes. Todavía no conozco bien el pueblo. En menos de cinco minutos, me avisaron al cuarto que ya me esperaba Luis, el taxista. En la puerta del hotel, me recibió un hombre joven, con pantalón negro y camisa blanca de manga corta, con un marbete del sitio, su foto y su nombre. Lo único que iba de acuerdo con su figura era su pelo y su estilo de hablar, el pelo suelto, sin que hubiese pasado el peine por el pelo lo menos en 24 horas; se notaba limpio y así, loción tal vez en exceso.

– “Soy Luis, mi carro es el número 242, los “ñeros” de la oficina me dijieron que uste’ necesitaba un carro, pue’que toda la mañana o todo el día.

Cuando subí al taxi, le dije: Escucha Luis, vamos al centro de justicia y convenciones, creo que llaman el CEJUCO para pagar impuestos.

– Mire jefe, a mí me dicen “El Chilango”, así que puede llamarme así, ¿O qué?”; ¿Ha estado alguna vez en el Distrito Federal, en el Centro Histórico de la Ciudad de México; ha visitado Tepito, La Lagunilla, La Merced? Bueno, la tonadita de mi relato no le es desconocida “La pellizcas ñeris?

– Luis, disculpa. Chilango, ¿De dónde eres? ¿Cuánto hace que vives en San Juan?

– “Mira Galán, soy del mero barrio bravo de “Tepis Compani”; ahí me enchufé a la hermana del jefe de la banda en la cual yo formaba parte; no te imaginas el cuete que se me armó. Me tuve que esconder más de un mes, porque el muy desgraciado del “Pocamadre”, ya debía algunas zaleas. A los dos meses, más o menos, busque a mi jefecita, ya no tenía lana, tu sabes, billetiza. El Chilango guardó silencio un rato.

– Mi jefa me platicó que el “Pocamadre”, le puso una madriza a mi carnal, pero que no se fue limpio, le dio un par de piquetes que parecía lavativa

– A los 8 días de haber llegado a San Juan del Río, supimos que el “Pocamadre”, peló gallo, al barrio de las calacas y andaban buscando a mi carnal, ese mismo día mi carnalillo se huyó a los estates; se fue de mojado, logró pasar no sin costarle una lana y muchos sustos. Ora ya tiene papeles y le va bien; pero no es buen trabajo, revende pastillas, papeles, tu sabes, de tocho. ¿No ñero?

– Eso le puede costar muy caro, mínimo la deportación o la cárcel si es en gran escala. ¿No lo puedes ayudar a que regrese y trabaje contigo?

– Asegún él, ya no le conviene, aquí en el DF ya debe una y allá, ya no es de a pie, es motorizado, trae un carro nuevo blindado y con chaleco, en Los Ángeles tiene protección, aquí no; allá “paga renta” y vive tranquilo.

En este punto estábamos llegando al estacionamiento del CEJUCO, centro de justicia de San Juan del Río, saqué mi turno y esperé el momento.

– Bueno, a ti ¿Cómo te fue al llegar a San Juan?

– Muy madreado, al llegar con mi hermano, el problema era buscar donde vivir, en buscar aquí, allá, y más allá, se nos fueron como 8 o 10 meses; cuando nos enteramos de que al “Pocamadre” se lo había cargado la tilica, él se espantó y peló camino pa’l norte. Para esto, yo vivía en mi carro, que al mismo tiempo lo usaba de taxi pirata, en las puertas de un antro que está, no te imaginas donde, adentro de las oficinas de desarrollo social, ¿Eh? Aquí pura parafina, hasta del míster municipal; cada vez que venía me pagaba $1,000.00 el viajecito a su casa y mi silencio, me dijo que le gustaba que fuera yo, porque no era de aquí, y que si su vieja se enteraba quien era su yegua, me colgaría de los huevos; con ese consejito y los mil pesitos, dos o tres veces a la semana, me hizo la vida suave. Así las cosas; pero no falto un jijo de la fregada que abriera el pico y me delató con los taxistas del grupo sindicalizado. El presi, me recomendó con su abogado para que me dieran chance de entrar al sindicato, y así de un madrazo en tres patadas, me dieron la credencial, sin presentar documentos, ni mordida ni nada.

– Por lo visto llegaste a ser el “consen” del presidente municipal.

– No ni madres, yo soy muy macho y si quieres te enseño mi credencial.

– Cálmate, Chilango, no es hora de presentaciones, déjame pagar que ya me toca el turno. Pasé a la ventanilla y me entregaron mi recibo.

– Ahora sí Chilango, vamos a la colonia Granjas Bantí. ¿Sabes dónde está?

– Simón mi buen, vámonos.

– Siguiendo el choro, ya con los papeles del sindicato, no me dejaban trabajar estos jijos de su chin… me ponían de condición que un mes tenía que darle al Sabandija, $300.00 pesos diarios, mi contestación fue: a ese le doy pero pa´dentro. Yo no lo conocía y resulta que estaba frente a mí a tres pasos. Un murmullo de asombro se escuchó y este cabresto se me echa encima, me ha dado un fregadazo de tal tamaño, que me rompió el hocico, no lo hubiera hecho, un descontón a un tepiteño, firmó su sentencia de muerte, le di una patiza, que quedó de puro milagro, lo que alcancé a oír fue que:

– El Chilango le partió la madre al Sabandija, se ganó el lugar.

– ¿No tuviste problemas después?

– No, me llamó y a partir de ahí, pasé a ocupar el puesto del Sabandija, ahora todos le entran con su cuerno, un billete al mes por representarlos ante el municipio; ya sabes, la pinche corrupción somos todos, ¿Qué quieres? Los que no tenemos un cuero de cuchi, o un trabajo fijo, necesitamos hacerla de algún modo, aunque para eso tengamos que romper una que otra madre por ahí.

Entre tanto, fuimos a las Granjas Bantí, revisamos los candados y toda la cerca del terreno; nos regresamos al hotel; invité a comer al Chilango; pero no aceptó, me dijo muy serio.

– Eres chido, pero neeel carnal, yo seré muy hijo de la chinchulina; pero a mi hijo y a mi vieja, jamás les fallo a la hora de la papa; ya sabes a las viejas hay que tenerlas bien comidas, bien vestidas y bien queridas. Esa fue nuestra despedida.

Jorge Enrique Rodríguez.

11 de septiembre de 2005.

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