En un viejo asilo de los salesianos de Don Bosco, enclavado en las serranías de Puebla al norte de la ciudad, rumbo a la Sierra Norte de Puebla, rodeado de la frescura de la vegetación de la sierra y el olor a manzanos en flor, mezclándose en magistral concierto de aromas con la flor del durazno, que ya en vísperas de madurar, dejando ver los carnosos y jugosos frutos serranos. En el rincón de la terraza del asilo, leía un anciano sacerdote, de carnes enjutas y rugosas, vestía un hábito gastado por el tiempo.

“¡Tan, tan, tan, tan, tan tan!”

– Padre Pepe, padre Pepe, están llamando para la cena de los niños. Un caballero como de 30 años, bien parecido, vistiendo a la última moda de los hombres de negocios de la época tocó discretamente el hombro del padre Pepe, quien despertó sobresaltado y preguntando asombrado:

– ¿Quién es usted? ¿Cómo pudo entrar?

– Calma padre, soy Jorge “El Cuchi”, como me decían en la plaza hace 25 años. ¿Cómo entré? ¿Recuerda que me dio una llave del portón grande? Me dijo usted que cuando quisiera entrar podría hacerlo sin tocar, porque el padre “Jordi” era muy enojón.

– ¡Cuchi! Muchacho, mira que serio te ves, eres tú mismo o es una de tus bromas como las que acostumbrabas, chamaco de porra. ¿Qué te has hecho? Veo que te ha ido muy bien. ¿En qué trabajas? Espero que te hayas casado como debe ser, qué gusto me da; vamos a celebrar, hoy tenemos café negro y avena en agua, como siempre; pero hoy es el manjar de los reyes porque estas de regreso.

Con gran algarabía se les unió un grupo de niños que regresaban del patio de juego, con sus balones y acompañados de sus catequistas. Los llevaban hacia los baños para que se asearan y pasaran al comedor, puesto que después les tocaba el tiempo de cumplir con sus tareas. Algunos de estos niños recibían su educación ahí en el asilo, ya que los catequistas, ya que son estudiantes de filosofía, están perfectamente capacitados para impartir enseñanza primaria, tanto en escuelas oficiales como en los institutos Don Bosco.

La cena transcurrió acompañada de una amena plática de Jorge El Cuchi, en adelante trataremos de olvidarnos del apodo de Jorge. Éste les platicaba que después de su llegada al asilo, cuando el Padre Pepe lo rescató de las garras de los demonios de chamacos que lo querían lastimar aquella triste tarde en invierno, en vísperas de Navidad, precisamente el 23 de diciembre, su padre cegado por el alcohol, agredió a su madre en forma tan salvaje, que le arrebató la vida, entonces al niño sólo lo conocían como el Cuchi, nadie sabía su nombre, ni su propio padre, quien ya preso, se ahorcó con su propio pantalón, colgándose de los barrotes de su celda.

La tarde del día que murió su madre, lo temían atrapado en la plaza al pie de la cruz de las procesiones, casi desnudo, le habían quitado su ropa, solo tenía la camisetita puesta, le gritaban que era hijo del pecado y de satanás. Era tanta la algarabía que se producía que llamaron la atención del padre Pepe que por ahí pasaba rumbo a la capilla de San Juan Bosco en el centro del pueblo, para rezar el acostumbrado rosario vespertino. Al darse cuenta el sacerdote del acontecimiento, valiente y decidido se enfrentó a la turba, habló, suplicó, pidió clemencia para esa criatura. A estas alturas el manto de la noche había caído, y las estrellas cintilaban alegremente.

Cuando el padre Pepe logró convencer a los rijosos vecinos, empezaron a retirarse y dejar al niño tranquilo. El sacerdote le tendió la mano y habló el niño señalando al cielo:

– ¡Esa, es mi estrella! Señalando la más grande, la más brillante y más hermosa. El padre Pepe llorando y con el niño en brazos y cubriendo con su capucha la desnudez del Cuchi, se lo llevó al asilo.

La vida de Jorge, el Cuchi, se desarrolló como la de cualquier otro niño en el asilo; pero con la particularidad de que era muy inquieto y preguntón. A la edad de cuatro o cinco años, tiempo en que el niño fue rescatado de la calle, lo integraron a los cursos de pre-primaria, asombrando al seminarista encargado de su enseñanza, por la rapidez con que aprendía las oraciones y las primeras letras que le presentaban.

– ¿Por qué esta Dios en el cielo si es en la tierra donde lo necesitamos?

– ¿Por qué tengo que perdonar a mi papá si me pegó tantas veces?

– ¿Por qué si le pido a Dios el pan para todos los días hay veces que no tenemos para merendar en la noche?

Los hermanos catequistas sufrían cuando les hacía estas preguntas una criatura de tan corta edad.

Se desarrolló en esas circunstancias en la educación pre-primaria, y la primaria. Jorge llegó al primer año de la primaria sabiendo leer en una forma fluida y así se desarrolló con rapidez para llenar a los seminaristas de asombro. Cuando le tocaba salir con sus mentores a visitar a los bienhechores, seguido se encontraban con los hijitos de éstos y evidentemente sus vestidos eran diferentes a los de los niños del asilo y desde luego le llamaban la atención los juguetes de aquellos.

Originando algunas las preguntas inevitablemente de Jorge:

– ¿Por qué yo no tengo ropa y zapatos nuevos?

– ¿Por qué a esos niños les dan muchos regalos y a nosotros no?

Llegamos a temer los salesianos que se desarrollaran en el niño Jorgito algún sentimiento de envidia, que le fuera a traer dificultades en su crecimiento espiritual.

Jorge fue asignado a la tutela del padre Pepe, para que fuera preparado a estudios superiores, los seminaristas se sentían abrumados por las dudas que planteaba el ya adolescente Jorge, y que ya acusaba señales en su cuerpo del motivo por el cual su apodo de El Cuchi, era regordete y muy activo. De ojos color canela claros, piel clara, pelo ensortijado rubio y abundante, pero empezaba a sentir vanidad por los halagos que recibía, contra la que tuvo que luchar toda su vida. El padre Pepe, logró llevar a Jorge por el camino de la curiosidad sana y sobre todo el querer saber más y más cada vez. Al alcanzar el primer año de la educación preparatoria, habló con el sacerdote y le planteó su deseo de salir a trabajar, él quería algo más, quería ser el mejor, quería estudiar una carrera profesional.

A los dieciocho años, Jorge terminaba la preparatoria y se había distinguido por su amor al estudio y el excelente resultado de sus exámenes, el padre Pepe y los otros salesianos estaban orgullosos de Él. Pasaron los años de sus estudios propedéuticos, haciendo además muchas cosas, repartía periódicos, vendía golosinas en la calle, acompañaba a enfermos de conocidos o amigos y mucha gente que no sabía quién era no recibía retribución alguna. Eran enfermos abandonados en los hospitales oficiales. Los doctores de estos nosocomios, llegaron a platicar con él, porque les extrañaba que un joven de la calle fuera tan distinto que el grueso de los muchachos de su edad; su única respuesta era:- No me agrada ser como los demás, yo puedo ser el mejor. Frase que llevó como consigna durante toda su vida, la ventaja era que se esforzaba por serlo, siempre lo demostró.

Cinco años transcurrieron en la más profunda actividad para sobrevivir y permanecer en el estudio sin perder el más mínimo espacio de tiempo que no fuera para producirle resultados, no simplemente por optimista sino por llegar a ser un triunfador contundente. Solo aparece como un profesional triunfador absoluto, sobre el tiempo y sus calamidades; pero le queda una profunda herida.

En una larga conversación sustantiva con el padre Pepe, Jorge abrió su corazón.

– Usted sabe padre como me fui de aquí, con unos cuantos centavos en las bolsas, y esos, no me los gané, siempre he pensado que usted me los dio, no sé usted como lo tomaría cuando se dio cuenta. Esa noche tuve que ganarme un rincón en el patio de una tienda, a cuya dueña no sé cómo me creyó todo lo que conté, que como era posible que un muchacho como yo, de tez blanca, pelo abundante y rizado, de ojos color almendra claros, y sobre todo muy vanidoso, iba a pasar la noche en la calle. Total que me pusiera a barrer la tienda y la calle para desquitar mi estancia; con el primer pago que le dio la doña, compre una caja de chicles, para vender dos piezas por cinco centavos, no supe qué pensaría la señora que nunca supe cómo se llamaba, al recibir mi primera paga le dije que tenía hambre, me ofreció desayunar; pero no acepte, salí a empezar a vender mis chicles.

Como dije antes, me compre una caja de chicles y me fui por la calle: ¡Chicles, chicles!, a dos cajitas por cinco, chicles. Así empecé una trayectoria muy apretada. Sentía que la vida aumentaba día con día mi deuda con ella. Empecé por comprar un jabón para lavar mi ropa interior, solo me llevé un juego y una playera y dos calcetines, zapatos muy gastados, o sea, lo que llevaba puesto.

Durmiendo en el mismo lugar donde se podía y comiendo lo que sea, me hice amigo de un muchacho que también andaba en la calle, pero su manera de ser muy refinada y platicando me dijo que su padrastro lo había violado y su mamá nada había hecho por defenderlo y que lo que más le dolía a Sergio, era el hecho que su propia madre lo había corrido de la casa, ya hacía un año de esos acontecimientos. Se hacían varias actividades, entre ellas se dedicada a asear el calzado de algunas gentes importantes directamente en sus oficinas. Nos pusimos de acuerdo y decidimos llevar los gastos a medias del cuatro en el que él vivía y así se desarrollaron nuestras vidas.

Dos buenos amigos, cada cual en lo suyo con la conciencia muy tranquila, dos tragedias unidas por una amistad, sin discusiones de dinero, cuando alguien podía ayudar más lo hacía y si no se podía, adelante y tan amigos.

Sergio no se preocupó por estudiar no le interesaba, el trabajo si y luchó tanto que con el tiempo logró establecerse en tres locales de reparación y aseo de calzado. Al mismo tiempo que eso sucedía, yo había empezado a estudiar en el IPN en la carrera de contador público y al mismo tiempo ya tenía clientes, pequeños comerciantes y dulcerías a quienes surtía regularmente ya como mayorista, y siempre de contado.

Pasaron cinco años, Sergio se casó con una chica le propuso buscar donde y se fueron a vivir a Guadalupe, NL donde el suegro tenía una cadena de tiendas, Sergio ocupó un puesto muy importante. Me encargó que le hiciera todos los esquemas de trabajo de toda la cadena, esto me dejó un buen billete. En este tiempo terminé mi carrera, y logré colocarme como auxiliar de contador, en una empresa que producía alimentos para ganado, con matriz en Terre Haute, USA en esta empresa hubo muchos acontecimientos personales, disgustos con algunos compañeros, diferencias con mis jefes, etc.

Cada año se realizaba una convención de ventas, a mí me tocaba la organización de estos eventos, asistían los directores de TH, los directores de México, cada uno de los ejecutivos teníamos que presentar un ensayo que abarcara ventas y cobranza. El último día del evento había un Drink Break, un empujón de mi parte a un jefe de TH USA a una alberca, por poco me cuesta el puesto.

Pregonando que quería ser el mejor y afortunadamente siempre pude salir adelante. No solo era lo que quería ser, sino que lo demostraba, esta actitud siempre me causó muchos problemas y llegué a tener muchos antagonistas, unos en buena lid, otros no, de plano me declaraban la guerra. En todas las ocasiones salieron perdiendo, resultaba ser siempre el mejor, los nombramientos que alcancé me los gané a ley, ninguno por favoritismo. A esta velocidad, llegué a ser el jefe del que fuera mi jefe: alcanzando el lugar máximo al que podía aspirar alguien, director general. Mi jefe inmediato estaba en el extranjero en la casa matriz.

Padre Pepe, ningún ser humano soporta la presión que se ejercía en esos instantes y el remordimiento de conciencia, no estaba seguro si en mi pasado había o no obrado con justicia y rectitud. El anhelado triunfo y en el puesto más elevado, con los mejores resultados en quince años, decidió viajar a los Estados Unidos, a la oficina central y negociar mi retiro de la empresa. Me escucharon. Les expuse mis razones y aceptaron mi retiro, no sin antes tratar de hacerme desistir, con la condición de que preparase al nuevo director, que sería una persona extranjera, no les interesaba algún otro mexicano.

– Por eso, padre Pepe, aquí estoy, y no me da vergüenza, bañado en lágrimas.

– Déjeme aquí con usted, déjeme con mis pequeños hermanitos. Recíbame, estoy vacío.

Al tiempo que el padre Pepe lo escuchaba el brillo de las estrellas se hizo más notorio y Jorge le dijo:

– Mire, padre es la misma: “Esa es mi estrella”

Jorge Enrique Rodríguez

23 de enero de 2005.

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