La fresca y matinal brisa marina impregna de pequeños diamantes que con el insipiente brillo del sol que apenas empieza a desplegar su majestuoso manto dorado, mientras la luz primera se hace más clara va tomando forma una figura delicada, virginal, algo que me da la impresión que se escapó del paraíso o de alguna región celeste. Cuando estuvo a mi alcance tan especial figura, sólo extendí la mano y la sorpresa fue que ella tomó la mía y me encontré con quien no era una visión producto de mi mente, sino ella, la dama de mis sueños. Ella… ella era una realidad de carne y hueso.

Allá en el fondo del horizonte se escuchaba acordes musicales, como si fueran dirigidos por una sabiduría excelsa, acompañados por coros de voces tan escogidas, suaves e incomparables, servían de marco a esta reunión, deparada por el destino. No se cruzaba frase alguna, no era necesario, la mirada de ambos era más elocuente y parecía que charlaban con el pensamiento.

– ¿Quién eres? ¿De dónde vienes? Te he buscado toda mi vida.

– Soy Aurora, y vengo todos los días

– No te vayas nunca.

– Imposible, debo irme y volver cada mañana.

Esta conversación de espíritus se prolongó durante el tiempo que el sol llegaba al cenit. Para entonces Aurora había desaparecido.

– ¡Cómo es posible, si tuve sus manos entre las mías, era real… es real!

Vagaba Oruz por todas las orillas de la pequeña playa y los campos de trigo en plena maduración y no encontraba a la bella Aurora, seguía caminando. Cuando la bellísima Selene se retiró a sus aposentos en el firmamento, tímidamente fue apareciendo Aurora, allá al fondo del horizonte fue apareciendo la figura, que Oruz la describía divina, con el mismo arrobo, con mayor delicadeza de ambos seres empezaron a caminar, caminar tomados de la mano. Al cabo de un largo paseo sus pies empezaron a despegarse de la playa; pero seguían caminando y subían, subían cada vez más rumbo al firmamento donde los esperaba una bella nave adornada con luz de Aurora Boreal y abordándola ambos emprendían un viaje en esa Nave al Infinito.

Jorge Enrique Rodríguez.

8 de julio de 2009.

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