Como fondo se veía un cielo azul, sin nubes, se recortaba la silueta de un gran edificio de servicios médicos, con una gran Cruz Roja en lo alto del mimo, se veía un excelente punto de perspectiva que le daba belleza arquitectónica, seguramente diseñado por arquitectos mexicanos, digno ejemplar de un concurso de diseños de servicios públicos. Se escuchó la sirena de una ambulancia que poco a poco se acercaba y se oía con mayor volumen y sin dilación entraba por la puerta de ambulancias, saliendo dos camilleros con dos personas accidentadas, procedentes de un accidente  ocasionado por una camioneta en fuga, perseguida por una patrulla, la cual se pasó un alto y se incrustó en un auto que cruzaba la avenida, golpeándolo en el centro de la unidad causando la volcadura del auto, en el cual venía un matrimonio de mediana edad, quedando muy mal heridos ambos.

Más o menos media hora después que entrara la unidad médica, llegó un taxi, deteniéndose frente a la entrada de emergencias, salió un jovencito de catorce o quince años, entró corriendo y preguntando a cuanta persona vestida de blanco por sus padres, que le informaron del propio hospital que habían sufrido un accidente. Enseguida preguntó en donde estaban sus papás y en recepción le informaron que necesitaba hablar con el Dr. Aceves, médico de guardia.

– Doctor Aceves, soy Alfredo Vargas hijo, me puede decir ¿Cómo están mis papás? ¿Los puedo ver?

– Pasa y siéntate. ¿Tienes tíos u otros parientes?

– No doctor, mis padres llegaron de Toluca, porque cuando murió mi abuelo, se quedaron sin más familia. Solo somos los tres.

– Mira Alfredito, ya eres un hombrecito y espero que comprendas lo que te voy a decir: Tus papis llegaron tarde al quirófano. Ya no se pudo hacer nada por ellos. Créeme que lo siento.

El rostro de Alfredo Jr., no se inmutó, no expresó dolor alguno, solo apretó los puños y sus ojos se rasaron de lágrimas y le temblaron las manos, los latidos del corazón parecían tamborilear, solo acertó a bajar la cabeza y dejar escapan un ligero grito de sorpresa y dos gruesas lágrimas volvieron a rodar sobre sus mejillas. Sin decir ni media palabra, se retiraba rápidamente.

– Muchacho, ¿A dónde vas?

– Josué, (dijo el Dr. Aceves a un camillero). Trata de retenerlo y traerlo aquí, o síguelo a ver en donde vive. La persecución no tuvo éxito, el camillero regresó a la hora y media, sin poder decir algo, lo perdió de vista en un mercado entre los puestos.

Dos días después se presentó en el hospital preguntando por el Dr. Aceves.

– Buenos días. Quiero hablar con el Dr. Aceves, por favor señorita.

El aspecto del chico era deprimente, sucio, sin peinarse y tal vez sin bañarse, con unas ojeras enormes, apariencia de que no había dormido ni ingerido alimentos, sus ojos mostraban que había llorado varias horas.

– ¿Quién lo busca?

– Alfredo Vargas, la encargada marca una extensión y dice:

– Doctor, aquí lo busca el joven Alfredo Vargas. Con gusto doctor.

– Que pases, en este momento no tiene pacientes, consultorio 101, planta baja, entrando a la derecha la primera puerta.

– Pásate. ¡Mira nada más, que fachas! ¿Dónde estabas?

– En mi casa, pero como estoy solo y no había más que leche, un pan y un pedazo de queso, no he comido nada, no pude dormir, porque el portero me dijo que si no le pago es amigo de mi papá. Las clases empiezan en enero y no sé qué voy a hacer.

– ¿Quieres seguir estudiando? Trabajando desde luego.

– Claro que sí; pero dicen que es difícil conseguir empleo en esta ciudad.

– Yo necesito un asistente, ¿Te gustaría trabajar conmigo?

– Desde luego, que padre.

– Mira, vivirás en el sector de la azotea, hay 15 habitaciones para reserva, en tiempos de aglomeraciones; pero el caso que ya tienen más de un año y nadie los ocupa, tienen baño y dos habitaciones, el hospital te dará alimentos y un sueldo moderado, la ventaja es que solo a mí me auxiliaras. Desde luego no podrás negarte si algún otro médico solicita algo de ti. Si algún elemento te molesta o te insinúa cosas indebidas, sea quien sea, me lo dices de inmediato. El Dr. Aceves le da dinero suficiente para que se compre ropa, se bañe y tome alimentos.

– Alfredo, regresa hoy mismo, recoge tus útiles y te los traes, empiezas a vivir en el hospital desde hoy.

Alfredo Vargas hijo, de inmediato se fue a comprar algo de ropa y algunos menesteres personales. Dirigiéndose a un baño público y quedó como nuevo, la ropa sucia, la dejó en el lugar. Salió a la calle y fue a la peluquería, después a un puesto de tortas, se comió una de milanesa, otra de jamón con huevo y un refresco. Se presentó nuevamente con el Dr. Aceves, éste le dijo:

– Caray Alfredo, pareces otro, que bueno.

– Estoy a sus órdenes doctor.

– Muy bien, ven conmigo.

El doctor condujo al joven hacia la dirección de enfermería y lo presenta a la Jefa de Enfermeras:

– Señora Solís, le presento al joven Alfredo Vargas, es quien va a ocupar como mi asistente, solo le pido de favor que lo capacite perfectamente, primero en el área de camillero. Va a trabajar el tiempo que sus estudios de preparatoria le permitan, sus clases empiezan en enero, por favor se lo encargo mucho.

– Claro que sí Doctor Aceves, con mucho gusto. Fredy, ven conmigo.

– Vas a estar muy bien con la Señora Solís, es una excelente persona.

Alfredo Vargas hijo, inició su preparación a lado de la jefa Solís, como primer paso, aprovechó la hora del desayuno en el comedor de la institución, en ese momento se encontraba la mayoría de elementos, enfermeras, camilleros, personal de intendencia y algunos de los médicos internos, para presentar al joven Vargas.

En esos días se preparaba la fiesta de Navidad que ofrecía la dirección a todos los elementos que colaboran en el nosocomio, Fredy, como ya lo conocían todos, andaba para acá y para todas partes donde solicitaban su ayuda; ayudaba a los de intendencia, a los camilleros, ya le tocó llevar a una paciente al quirófano, precisamente iba a realizar una cirugía el Dr. Aceves. Así realizando varias actividades y preparándose para ser un buen paramédico llegó el día veinticuatro de diciembre y la fiesta ya había empezado con los alimentos de los enfermos y personal de cocina, se les preparó un menú propio del día. En el estacionamiento se acomodaron las mesas para el personal en general, todos están departiendo los platillos; había crema de aguacate, ensalada de manzana con nuez y piña, no faltó el clásico pavo.  Después del alegre convivio procedieron a rifar los regalos, eran muy variados, había minicomponentes, televisores, cámaras fotográficas, celulares, tabletas, etc., etc.

La algarabía va en aumento cada momento que nombraban a alguien, era aplausos y vivas al por mayor. El próximo regalo era una computadora portátil, de última generación, el gerente administrativo, que estaba mencionando los nombres y llamó así:

– El Benjamín de nuestros elementos, ¡Alfredo Vargas!

– ¡Viva, viva! ¡Felicidades! (Muchos y fuertes aplausos). Fredy no contestaba y varias voces repetían, Fredy, Fredy,

– Dr. Aceves, (dijo el gerente al director) ¿Lo mandó usted a algún lado?

– No, pero deje que yo busque, creo saber dónde puede estar.

Más o menos diez minutos después, el Dr. Aceves se levanta de su lugar y se dirige al interior del edificio, aborda el elevador y oprime el botón del último piso, encontrando la puerta del departamento de Fredy entreabierta, entró sigilosamente viendo al muchacho sentado en el suelo y abrazando una foto de sus padres, él, bañado en lágrimas, balbuceando le dice al galeno:

– Es la primera Navidad que paso como huérfano.

– Ven pequeño a mis brazos y tómalos como si fueran los de tu padre.

Se abrazan y el chavo da rienda suelta a su llanto, mencionando un ahogado gracias doctor.

– Llora, llora todo lo que quieras hijo mío.

La semana siguiente estuvo plagada de accidentes, los camilleros no se daban abasto y entre ellos Fredy, que había aprendido rápidamente las minucias de dicha labor, salió en una ambulancia acompañando a un paramédico, observando a su compañero y realizando con precisión las indicaciones que se le hacían, llegando a pensar que eso era lo que quería.

Llegó el día de regreso a sus clases, le faltaban solo dos semestres para terminar su prepa, ya con su horario de clases, se presentó con la Sra. Solís y ambos planearon el ritmo de sus labores. Tenía clases de siete a trece y catorce horas en días alternados, así quedó establecido, clases de 7 a 14, de las dos de la tarde a las cuatro tendrá para llegar al hospital, bañarse, cambiarse y comer. De las cuatro a las diez de la noche era su horario de trabajo, tendría una compensación económica, no sueldo, al final de sus estudios el hospital le daría un comprobante de horas de servicio social.

El padre Kronos es incansable y los meses transcurrían en un vértigo de estudios y trabajo, Alfredo dormía muy pocas horas sin dejar de cumplir sus labores, se había convertido en un ratón de biblioteca. En los primeros días del mes de noviembre, cuando en la religión católica celebran el Adviento, Alfredo cursaba ya el quinto semestre; pero se le veía cansado, de repente cabeceaba, lo más notable era una severa depresión. El Señor Director del nosocomio, que siempre ha estado muy al pendiente de su trabajo y sus estudios, observándolo decidió lo siguiente, hablando en su celular:

– ¿Cómo la llevas? Escucha Dr. Morales, te quiero pedir un favor, ¿Has observado a Fredy?

– Sí, trae una depre que apenas puede con ella.

– Ese es el favor que necesito, acercare a él, a ver que puedes hacer, por favor ¿Sí?

– Claro que sí, el chico me cae muy bien. Te estaré informando.

Al día siguiente, en la hora previa al inicio de sus labores, leía un libro sobre cirugías de emergencia, “casualmente” lo encontró el Dr. Morales, dirigiéndose al joven:

– Interesante tema, ¿Te gusta la cirugía de urgencias?

– Mucho, sobre todo porque se salvan muchas vidas. (Esto último lo dijo casi llorando).

– ¿Qué te pasa Fredy?

– No, nada, solo recordaba que en ese tiempo, vísperas de Navidad, no hubo quien salvara a mis padres, yo quiero salvar a muchos en sus circunstancias.

Con una atenta disculpa Fredy se levanta, toma sus útiles y se dirige a su cuarto en el último piso. Mientras el Dr. Morales, cabizbajo tiene un soliloquio, diciendo en voz muy baja.

– No merece que se le tenga lástima, es un deseo muy legítimo; voy a poner todos mis conocimientos y la ciencia, pero ¡Lo saco de su depresión, Hipócrates ayúdanos! 

Es una vorágine de acontecimientos, urgencias médicas, accidentes, las consultas, el nosocomio era un enjambre de abejas, los médicos, camilleros y enfermeras andaban de un lado al otro, difícilmente entendible; pero perfectamente organizado. El ahora Doctor Alfredo Vargas Jr., era ya un flamante doctor graduado con honores, siendo a la fecha internista de turno completo, en tanto el Dr. Aceves, preparó un grupo de especialistas, entre ellos Fredy, para formar el Área de Diagnóstico Clínico, idea de Fredy desde su primer semestre de la carrera. Para el Dr. Alfredo Vargas, se acercaban las fechas que le hacían caer en esa depresión tan añeja, aún a pesar de las terapias del Doctor Morales y el exceso de trabajo no han dejado tranquilo al novel doctor. Nuevamente se escapó del lugar donde compartía la cena de Navidad, dirigiéndose al lugar de siempre, solo que ahora los sencillos promontorios de los padres de Alfredo, estaban convertidos en una sola y hermosa capilla, ésta vez el Dr. Aceves, lo siguió, solo que ahora no lo encontró abatido, sino todo lo contrario, ahora está sonriente y lo esperaba con los brazos abiertos, el Dr. Aceves, exclamó:

– Verdaderamente me hace feliz viéndote satisfecho, (respondiendo el abrazo que el joven le ofrecía), ¿Me permites que te llame así?

– Claro que sí, si usted ha sido como mi padre y mi madre, desde aquel tiempo.

– ¡Venga mi muchacho! (Sintiéndose pertenecido, como si verdaderamente fueran padre e hijo).

Se detuvieron frente a una hermosa casa de amplio jardín, ubicada en el fraccionamiento recién inaugurado, a corta distancia del hospital, Alfredo es quien rompe el silencio:

– Querido Doctor, hemos trabajado muchos años juntos, usted me ha enseñado todo lo que sé, y siempre me inculcó valores inapreciables, uno de ellos es “la verdad”. Lamento mucho haber fallado.

– Me alarmas muchacho, rápido, dime de que se trata.

– Muchas veces usted me preguntaba ¿Qué hacía con mi dinero si casi no gastaba nada? No le contestaba si no solo sonreía y nunca dije nada.

– Respeté tu silencio.

– Asunto que le agradezco infinito. Ahora le digo; todo está invertido en un consultorio gratuito que se construyó en la colonia que está a la salida de la autopista, ya ve que no tenían nada; ahora tengo dos compañeros de la facultad que se me unieron en la idea, ninguno de los tres cobrará un solo centavo. En la próxima junta de dirección, voy a solicitar apoyo del hospital e invitarlos a la inauguración. ¿Usted qué opina Dr. Aceves?

– Me asombras muchacho, tienes un gran sentido de filantropía, de seguro que vas a conseguir el apoyo, estoy seguro.

El anunciado día de la junta de directores llegó al fin, asistieron los directores de toda la República, existía un gran deseo de conocer al ya famoso Dr. Alfredo Vargas, quien asombraba que siendo tan joven, sus manos sean tan ágiles y certeras en las cirugías laparoscópicas.

La junta transcurrió sin ningún tropiezo, solo quedaba en la minuta los puntos de presentación y gastos de ayuda social. Se pone de pie el Dr. Aceves y dirigiendo a todos dijo:

– Señores Colegas, los asuntos generales se resumen solo en una persona, ustedes saben que dimos cabida en este nosocomio a un joven en problemas, y al final alcanza a base de esfuerzos propios llegando a la fecha a ocupar un excelente sitio en el mundo de la medicina, tengo el honor de presentarles al cirujano más joven que ha tenido esta institución “Dr. Alfredo Vargas”.  Inesperadamente todos se levantan de sus asientos y se escucha unos estruendosos aplausos, (Que duraron varios minutos).

– El Doctor Vargas desea hablan con todos ustedes, gracias. (Más aplausos).

– Estimados doctores, no me atrevo a llamarles colegas porque me falta mucho, pero mucho que aprender de ustedes. Quiero darle las gracias al Dr. Aceves, que me dio la oportunidad de no caer al arroyo, brindándome su generosa ayuda aún sin conocerme, me dio la oportunidad de trabajo y poder seguir mis estudios, supe que tuvo serios problemas por admitirme a una edad para mi muy difícil, ocupándose de mí como si fuera mi padre. No los quiero aburrir, el motivo de haber querido tomar la palabra es el siguiente: Habrán visto al llegar que al pie de la entrada a la autopista un edificio ya terminado, solo falta equiparlo, es para una clínica de ayuda a los más pobres, sus consultas y medicamentos e intervenciones, no se les va a cobrar ni un centavo; pero para eso necesito apoyo, sueño con inaugurarla en el mes de diciembre; doctores ¿Qué les parece?

Un silencio sepulcral invadió el salón de plenos, Fredy, sudaba; su voz temblorosa al borde del llanto, se habría podido escuchar los pasos de las hormigas, casi llorando, Vargas balbuceó:

– Lamento…

– El Estado de México dona un quirófano totalmente equipado.

– Tamaulipas te da la mano con material de curación durante un año.

– Oye “güerco”, Sonora se pone con un tráiler de huevo fresco una vez al mes, y te lo voy a dar por escrito, ¡Si señor!

Así se fueron desgranando los ofrecimientos hasta que el último lo hizo el propio director del nosocomio:

– Queridos colegas, quiero, aún sin contar con su aprobación; quiero proponerles que el Dr. Vargas y su clínica sean aceptados como miembros activos de la cadena a la que pertenece ésta asociación.

Todos los asistentes se ponen de pie y acompañados de vivas aplauden y dan por aceptada la moción. Los Dres. Aceves y Vargas se dan un abrazo con tal entusiasmo que ambos lloran de alegría y satisfacción, cerrándose la sesión con gran algarabía. Los planes de promesas se fueron cumpliendo paso a paso y al fin, la primera Navidad que Alfredo no se deprimía, ahora les daría la mejor de las noticias:

– Queridos papá y mamá, ahora su hijo es feliz lucha por salvar vidas y lo seguirá haciendo mientras tenga fuerzas. No los abandono, vendré seguido, nunca faltará en su casita una flor y una luz.

Jorge Enrique Rodríguez.

2 de enero de 2019.

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